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domingo, 10 de abril de 2011

LOS CÁTAROS I: EL ORIGEN DE LA HEREJÍA

            Corrían los últimos años del siglo XII y los primeros del siglo XIII cuando los Cátaros recorrían el sur de Francia. A día de hoy, hay múltiples teorías de cual es el origen de estos autoproclamados “Hombres Buenos”, “Puros”, como se denominaban a sí mismos (del griego, katharós). Y cuando hablamos de cátaros, hablamos de hombres de fe, religiosos cuyo dogma era básicamente el cristiano, pero con algunas diferencias que les enfrentaban directamente con la Iglesia Católica (también del griego, katholikós, que quiere decir “Universal”). Muchos relacionan el Catarismo con la Herejía Bogomila, que había tenido origen en Bulgaria en el siglo IX, con la que el Catarismo comparte varios principios; aunque podríamos remontarnos más atrás en la historia y enraizar tanto a cátaros como a bogomilos con cultos más antiguos, como el mazdeísmo, el maniqueísmo o el paulicianismo. La relación entre cátaros y bogomilos parece confirmada por la presencia a finales del siglo XII de uno de los obispos bogomilos búlgaros, un hombre llamado Nicetas, en el Concilio de los Cátaros organizado en la localidad pirenaica de San Félix de Caraman en el 1169, concilio en el que la religión cátara se organizó en cuatro obispados: Tolosa, Albí, Carcasona y Agen, cuatro de las ciudades principales del Languedoc, donde el Catarismo tuvo su foco.
            No podemos olvidar que nos encontramos en una época en la que el sur de Francia, especialmente el Languedoc, era la región más civilizada de Europa. Como ya comenté en el post sobre Leonor de Aquitania, hablamos de un momento en el que el dominio del Rey de Francia se extendía poco más allá de las tierras casi bárbaras de París y Île-de-France, pero en el sur continuaban existiendo las grandes ciudades y rutas comerciales establecidas en tiempos de Roma, eran tierras ricas, regadas por el Loira y el Garona, en las que los trovadores viajaban de castillo en castillo, ofreciendo historias y canciones a los diferentes señores. Y en estas tierras, los Cátaros extendían su fe.


            La principal diferencia de los Cátaros con la Iglesia Católica era el tinte maniqueísta que teñía las creencias de los primeros. Los Cátaros creían en la existencia de un Dios bueno y todopoderoso, del que Jesús era Hijo, aunque negaban que Jesús hubiera sido crucificado ni hubiera muerto, pues no había materia en el Hijo de Dios, ya que la materia, y todo lo creado de esta, no pertenecía a Dios, sino a un Demiurgo malvado, un creador al que identificaban con el Dios del Antiguo Testamento, Demiurgo identificado también con Lucifer, que había atrapado las Almas Puras en su corrupta Materia. Los Cátaros negaban el Antiguo Testamento, y del nuevo sólo aceptaban el Evangelio de Juan, además de sus propios textos religiosos. Puesto que convenían en que todo lo material era pertenencia del mal, de Lucifer, los fieles cátaros terminaban rechazando los dominios de lo material, es decir, no querían riquezas, ni tierras ni posesiones terrenales. Pero los propios cátaros asumían que el hombre era débil, y que sólo las más fuertes de las almas podían rechazar todo lo material, así que eran muy pocos los que se convertían en Puros, los Buenos Hombres, que recibían el llamado consolament (del latín, consolamentum, una imposición de manos por parte de uno de los Hombres Buenos que convertía al otro en un igual, en un Hombre Bueno). De hecho, muchos fueron los hombres y mujeres que recibían el consolament en su lecho de muerte, cuando ya estaban seguros de que no iban a caer en las tentaciones de la materia; y muchos también los que tras recibir el consolament optaban por otro de los principales rituales Cátaros, la Endura, un tipo de suicidio ritual en el que el cátaro se dejaba morir de hambre, se cortaba las venas, o tras un baño caliente, se tendía sobre la nieve o el hielo, causándose así fuertes pulmonías que solían acabar con su vida. Además, negaban el bautismo (por la implicación del agua, un elemento material) y la Eucaristía;  y creían en la reencarnación como parte de la evolución del alma.
            Pero lo más importante de todo, predicaban con el ejemplo. Eran hombres verdaderamente pobres, que vivían de las limosnas que les daban los campesinos y los señores a los que atendían, al contrario de lo que ocurría con la Iglesia Católica, que predicaba la pobreza pero atesoraba grandes cantidades de dinero, ostentaba la posesión de importantes tierras y recaudaba cuantiosos impuestos para mantener a los altos representantes eclesiásticos, totalmente desvinculados de los párrocos de las pequeñas zonas rurales, hombres incultos y sin preparación, que muchas veces caían en la Herejía sin ser siquiera conscientes de ello.
            No es de extrañar que pronto la Iglesia Católica reparara en que los Cátaros se habían convertido en una espina clavada en su talón. Dos españoles estuvieron entre los primeros en darse cuenta de ello, pues predicaron en la región. Se trataban de Diego de Acevedo y su estudiante, Domingo de Osma, que aprendería mucho de las formas de predicación de los cátaros para cuando más tarde fundara su Orden de los Pobres Predicadores, más conocidos como “Dominicos”. Pero quien pronto repararía en el verdadero peligro que los Cátaros representaban para la Iglesia sería Inocencio III, un hombre de procedencia noble, de la familia italiana de los Segni, gran especialista en Derecho canónico, que estudió en Bolonia, y que ascendía al Solio de Pedro con sólo treinta y siete años, un hombre extraordinariamente joven y enérgico, que era precisamente lo que la Iglesia, debilitada por décadas de enfrentamiento con el Imperio y por la división entre güelfos (partidarios del Papado) y gibelinos (partidarios del Emperador) tanto en Italia como en el Sacro Imperio. Inocencio III pretendía una unión absoluta de toda la Cristiandad bajo el dominio del Papa, y la existencia de la Herejía Cátara creciendo en el sur de Francia, y consiguiendo cada vez el apoyo de más y más nobles de la región, en detrimento de las arcas eclesiásticas, suponía un auténtico problema para ellos. Pero además, y para terminar de enredar las cosas, los Condes de Tolosa, la ciudad más importante de la región, eran vasallos del Rey de Francia , pero también del Rey de Aragón, Pedro II el Batallador, el que sería el gran héroe de las Navas de Tolosa (las de aquí de España, nada que ver con la Tolosa del sur de Francia). Muchos de los señores que dominaban las tierras pirenaicas en las que se extendía la herejía, como los Trencavel, señores de las ciudades de Carcasona y Beziers, eran sólo vasallos de los aragoneses, y no querían saber nada de las ambiciones del Rey de Francia. Que en aquellos momentos, no era ni más ni menos que Felipe II Augusto, aquel que ya apareciera por aquí en el post sobre Leonor de Aquitania, amigo, amante y luego enemigo jurado de Ricardo Corazón de León y uno de los más grandes genios de la política de aquel momento.


            Inocencio III, en su empeño por acabar con la Herejía Cátara, comenzó a mandar predicadores al Languedoc, pero obtuvo mucho menos éxito del planeado. Sus hombres eran objeto de burla y escarnio, y aunque exigió al Conde Raimundo VI de Tolosa con la Excomunión si no acababa con la presencia de los Puros en sus tierras, Raimundo ignoró las peticiones papales, aunque tampoco dio apoyo explícito a los cátaros, tratando de mantenerse a flote entre dos aguas. Todo estallaría cuando el legado papal, Pedro de Castelnau, tras amenazar a Raimundo VI fuera asesinado cerca de la localidad de Saint-Gilles por uno de los escuderos del Conde de Tolosa. Nunca se ha visto clara la implicación del Conde en este hecho, y lo más posible es que fuera una iniciativa propia del mismo escudero, sin conocimiento de su señor. Pero este acto sirvió como detonante y excusa para que Inocencia III encontrara la forma de hacer frente a los Cátaros.
            No hacía mucho que la Cuarta Cruzada se había desviado de su curso y había atacado Constantinopla. Inocencio III había excomulgado a os participantes en un principio, pero su temperamento se aplacó cuando la propia Nueva Roma había caído en manos de los latinos, que ahora rendían homenaje a su Iglesia, la Iglesia Católica.
            ¿Y si la Cruzada era la solución? ¿Una Cruzada contra cristianos… en tierras cristianas…?