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sábado, 23 de abril de 2011

LOS CÁTAROS III: UN BREVE RESURGIMIENTO

El  12 de Septiembre de 1213 había supuesto el final de las esperanzas de los occitanos en que la ayuda de Pedro II supusiera su salvación frente al ataque de los cruzados septentrionales. Pero Aragón había perdido en un solo día además de unos 15000 hombres, a su rey, Foix, Comminges y Narbona. El Concilio de Letrán de 1215 desposeía además a los Trencavel y a Raimundo VI de sus tierras, que pasaban por completo a estar bajo el control de Simón de Montfort, mientras el cisterciense Arnaud-Amalric se convertía en obispo de una de las ciudades más prósperas de la región, la antigua ciudad romana de Narbona,  que antaño incluso sirviera como capital del reino visigodo. Y por supuesto, Felipe II se convirtió en el poder tras Simón de Montfort.

            La lucha por el dominio del Languedoc se reanudaría, sin embargo, con la muerte del máximo instigador de la Cruzada, Inocencio III, muerto en Perugia el 16 de Julio de 1216, con 55 años, tras haber ocupado el Solio de Pedro durante dieciocho años. Fue sucedido por el cardenal Censio Savelli, que tomaría el nombre de Honorio III, pero en el Languedoc supieron aprovechar aquel interregno. Raimundo VI, que se había refugiado en Barcelona, volvió al ataque, desembarcando en Marsella junto a su hijo, el que sería Raimundo VII. Los occitanos derrotarían a de Montfort en Beaucaire, que al mismo tiempo tendría que sofocar rebeliones surgidas en todo su territorio ante la llegada de su antiguo señor. Eso obligaría a Simón de Montfort a cercar la propia Tolosa en el año 1218, tratando de reducir así un alzamiento popular. Y allí, de Montfort encontraría su final, herido de muerte por un proyectil lanzado por una de las catapultas que defendían la ciudad de su asedio, una manejada por las mujeres de la ciudad. Eso pondría al frente  de los dominios del Languedoc a Amaury de Montfort, hijo del antiguo señor y de su esposa, Inés de Montmorecy, pero Amaury carecía del genio militar de su padre,  y en los años siguientes iría perdiendo las posesiones que los cruzados habían tomado ante la coalición occitana dirigida por Raimundo VII (su padre había  muerto poco antes) y Roger Bernard de Foix. Castelnadaury, Montreal, Fanjeaux, Limoux, Pieusse, el Carcassés, el Razés, Mirepoix…todas volvieron a manos de los  occitanos, obligando a los franceses a retirarse, ciudad tras ciudad, hasta Carcasona.
            La situación se había  equilibrado, y de hecho, había vuelto a un punto muy semejante a como estaban las cosas en los momentos anteriores a la Cruzada, aunque la mayoría de sus protagonistas había muerto ya, siendo reemplazados por una segunda generación. Felipe II había muerto en 1223, siendo sucedido por su hijo, Luis VIII. La situación podría haber sido muy distinta, pero la esposa de Luis VIII  no era otra que Blanca de Castilla, que había sido elegida para casarse con el Delfín francés por su propia abuela, la mismísima Leonor de Aquitania, de quien Blanca había heredado el carácter. Fue así que, mientras Honorio III excomulgaba a Raimundo VII, poniendo bajo  interdicto sus tierras, por consejo de la reina, el propio Luis VIII se ponía al frente de una nueva campaña para reducir a los levantiscos rebeldes del Languedoc.
            Con la presencia del propio rey en tierras occitanas, los rebeldes no tuvieron más remedio que replegarse poco a poco. Los propios habitantes de algunas  de las ciudades que habían vuelto al dominio de los Trencavel se revelaron contra sus antiguos señores. La muerte de Luis VIII en Montpensier, tras el cerco de Aviñón podría haber supuesto el fin de la influencia francesa  en el Languedoc, pero en Blanca de Castilla, convertida en regente durante la minoría de edad de su hijo Luis IX, mantendría el pulso a los rebeldes occitanos. El último de los Trencavel se vio obligado a huir a Barcelona, y Blanca aplastó a Raimundo VII y el Conde de Foix, que se vieron obligados a firmar en 1229 el infame Tratado de Meaux.
            Raimundo VII se vio obligado a viajar a París y hacer penitencia pública por sus pecados antes de reunirse con la Reina Madre, que sería quien impondría sus duras condiciones. En las 22 cláusulas del Tratado de Meaux, se recoge que el Conde de Tolosa se somete a la Iglesia Romana y al Rey de Francia, obligándose a ayudarles a la erradicación de la Herejía en sus tierras. Además, en pago de compensaciones por los perjuicios causados, todos los territorios de los herejes Trencavel, así como las senescalías de Beaucaire y Carcasona pasaban a formar parte directamente del Reino de Francia. La Marca de Provenza quedaba en manos de la Iglesia, y el Conde se comprometía a desmantelar las defensas de varias de sus ciudades, y participar en un nuevo proyecto de Cruzada. Pero además, el destino del Condado de Tolosa quedaba vinculado al Reino de Francia, ya que se pactaba el matrimonio entre la hija del Conde, Juana de Tolosa, y uno de los hijos de  Luis VIII. Y en el caso de  que de  ese matrimonio no hubiera descendencia, las propiedades del Condado de Tolosa pasarían directamente a la Corona de Francia.
            Con esas palabras, firmadas en París, Blanca de Castilla finiquitaba la Cruzada contra los Albigenses… pero la persecución no había terminado.