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jueves, 20 de octubre de 2011

ESPARTACO: SANGRE Y ARENA

La semana pasada, y con bastante retraso, todo sea, dicho, terminé de ver la primera temporada de Espartaco: Sangre y Arena. La verdad es que como la estaba viendo en el móvil en el autobús de vuelta del curro, he visto la serie en tramos de veinticinco minutos más o menos, así que se me ha alargado bastante, y tras el paréntesis veraniego, y de forma aciaga, volví a verla precisamente el día antes del fallecimiento lamentable de Andy Whitfield, a causa de un linfoma no-Hodgkin el pasado 11 de Septiembre.


                La serie, de trece episodios en su primera temporada, nos cuenta las aventuras de un tracio (actual Bulgaria) al que, una vez convertido en esclavo y gladiador por azares del destino, se llama Espartaco, y cualquiera con idea de la historia del cine, o de historia en general, sabe lo que va a contar, ya que Espartaco es un personaje histórico, un esclavo tracio que dirigió la revuelta más importante contra la República en tiempos de Roma dentro del suelo del propio Imperio, la llamada III Guerra Servil o Guerra de los Esclavos, entre el 73 y el 71 a.C; cuya historia fue llevada al cine por Kirk Douglas.

                Dejando a un lado la historia y el cine, y centrándonos en la serie, lo primero que notamos es que, en sus efectos especiales y fotografía (realmente impresionante) recuerda mucho a la película 300, y llama la atención por la falta de pudor con que afronta cada uno de los momentos. Ni violencia ni sexo se ocultan, y desde luego, hace honor a su subtítulo, Sangre y Arena. Desde el primer episodio acompañamos a Espartaco, convertido en esclavo de manos de un romano, el legado Claudio Glabro, se convierte en gladiador sirviendo bajo el ludus de Quinto Léntulo Batiato y su esposa, la intrigante Lucrecia. Allí, en el ludus, compartirá vida con otros gladiadores, el galo Crixo, el cartaginés Barca, el sirio Ashur, el romano Varro… y todo ello bajo la tutela de Enomao, al que todos llaman “Doctore”, el maestro de gladiadores. Las esclavas Naebia y Mira, la patricia romana Ilithía o Sura, la esposa de Espartaco, completan el reparto y los personajes que coinciden bajo el ludus de Batiato, donde se desarrollan intrigas dignas de…  bueno, casi de Juego de Tronos, vaya, para satisfacer las ambiciones políticas de Batiato y su esposa. Bajo el techo del ludus, asistimos a traiciones, enfrentamientos, amor, lujuria, violencia… en una historia apasionante, que va enganchando cada vez más, hasta llegar al clímax del decimotercer capítulo, absolutamente fascinante.


                Lo lamentable de la serie es lo que ha ocurrido fuera de ella, la enfermedad del protagonista, el galés Andy Whitfield, al que se le diagnosticó un cáncer, lo que obligó a detener el rodaje de la serie, e incluso a grabar una especie de “precuela”, Espartaco: Dioses de la Arena, hasta que finalmente, y tras asegurarse que Andy no volvería a la serie, de decidiría que fuera sustituido por el también galés Liam McIntyre. También sería injusto menospreciar al resto de los actores para resaltar el papel del fallecido Whitfield, que realmente cumple de forma más que correcta con su papel, pero no consigue quedar por encima de las dos grandes revelaciones de la serie… bueno, realmente tres. La primera, Lucy Lawless, Xena, la Princesa Guerrera, que deja de ser guerrera para convertirse en Lucrecia, la manipuladora esposa de Batiato. La segunda, Viva Vianca, la romana Ilithía, consentida y caprichosa, y uno de los ejes motores de todo el argumento. Y el último, y destacado por encima de todos los demás, un inmenso John Hannah como Léntulo Batiato, el dueño del ludus donde se desarrolla toda la historia. De algunos de ellos disfrutaremos en la “precuela” antes mencionada, pero para otros, así como para ver en acción al nuevo Espartaco, tendremos que esperar a 2012, cuando parece que finalmente se comenzará a rodar la nueva temporada de esta magnífica serie.


                Una gran serie, llena de acción, sexo e intrigas. ¿Qué más se puede pedir?